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Entre la historia y la memoria: liderar escuelas judías desde la vida, el sentido y la comunidad

  • Writer: Ana Prawda
    Ana Prawda
  • Jan 29
  • 2 min read

Por Simone Assayag, Vice Directora – São Paulo


El discurso de apertura de Zohar Raviv marcó un antes y un después en mi manera de pensar la educación judía. Su distinción entre “enseñar historia judía” y “construir memoria judía” me sigue resonando. Muchas veces organizamos nuestros programas en torno a tragedias, persecuciones y pérdidas. Son parte ineludible de nuestra historia, pero cuando el relato se centra casi exclusivamente en el sufrimiento, los alumnos conocen los hechos, aunque no siempre desarrollan un vínculo vivo de pertenencia con una cultura resiliente, creadora y en permanente reinvención.


Construir memoria implica ampliar la narrativa: incorporar continuidad, creatividad, diversidad y éxito. Presentar a Israel no solo como respuesta a las tragedias del pasado, sino como un proyecto histórico, cultural y humano profundamente exitoso, capaz de generar innovación, arte, ciencia y vida comunitaria. Esa mirada permite que nuestros estudiantes se conecten no solo con el dolor, sino también con la potencia de la vida judía contemporánea. Como directora, comprendí que liderar también es elegir qué relatos priorizamos y qué tipo de identidad ayudamos a construir.


Otra idea que me atravesó fue la de Eli Vinokur, al concebir la educación como una “arquitectura social y emocional”. Transformar una escuela no depende solo de currículos o metodologías, sino del modo en que diseñamos relaciones, espacios de escucha y experiencias de pertenencia. Liderar hoy exige cuidar la cultura institucional con la misma intencionalidad con la que cuidamos los contenidos: fortalecer la confianza, el diálogo, la corresponsabilidad y los vínculos que sostienen cualquier proceso de cambio.


El ejemplo de colaboración entre dos escuelas judías de Uruguay —que en lugar de competir eligen construir experiencias compartidas para sus alumnos— me mostró que es posible sostener identidades institucionales distintas sin renunciar a una visión comunitaria más amplia. En contextos pequeños, esta decisión no es obvia; sin embargo, demuestra que el fortalecimiento del colectivo puede y debe estar por encima de la lógica de la competencia.


La visita a la escuela Adam, en Jerusalem, reforzó esta convicción. Allí percibí una coherencia profunda entre visión, pedagogía y cultura institucional. No se trataba de una metodología aislada, sino de una concepción integral del desarrollo humano, donde el ritmo, el vínculo, la presencia y el sentido orientan cada decisión. Me llevó a preguntarme cuánto de nuestras innovaciones está verdaderamente alineado con un proyecto educativo claro y humanizado.


Finalmente, el valor de estar en red fue quizás uno de los aprendizajes más significativos. El rol de director suele ser solitario. Compartir con colegas de distintos países, que enfrentan dilemas similares, generó un espacio de confianza, escucha y pensamiento colectivo. Confirmé que los desafíos que vivimos no son individuales, sino parte de una conversación global sobre el futuro de la educación judía.


Me llevo menos respuestas cerradas y más preguntas profundas:¿Qué historias contamos?¿Qué comunidades estamos construyendo?¿Cómo articulamos memoria y futuro, tradición e innovación, identidad y apertura?


Hoy tengo la certeza de que liderar una escuela judía es, ante todo, un acto de construcción de sentido. Es cuidar la memoria viva, diseñar vínculos significativos y sostener comunidades capaces de aprender, transformarse y proyectarse con esperanza.

 

 
 
 

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